sábado, 4 de agosto de 2018

ORILLAS

En la Ciudad de Río Cuarto hay mucha gente asentada en las orillas del Río. Conforman todo un barrio que se extiende a lo largo de la costanera, con una carácterística muy particular: es un barrio ‘’estirado’’. No tiene manzanas, sino que todas las casas están sobre la calle. Lo más parecido a una manzana son las casas internas detrás de las que dan a la calle, de tierra, por supuesto. En Río Cuarto, decir ‘’orilla del río’’ es sinónimo de villa, de robo, de droga, de mala gente. De marginación y olvido, de exclusión social. La gente pasa por arriba del puente y mira hacia abajo, viendo nada más que ‘’negros que te pueden robar’’. Esa imagen es todo un símbolo. ‘’Nosotros pasamos rápido por arriba, ellos quedan allá abajo’’. La crueldad en una imagen. Internarse en esa costanera es una experiencia que debe ser vivida. Las casas se encuentran de un solo lado de la calle (con raras excepciones) y se extienden hacia el horizonte. Las casas son diferentes. Predominan las chapas en los techos, las paredes sucias, los perros en las puertas, los frentes alambrados, los caballos y los camiones que transportan arenas. Las areneras son también un paisaje recurrente del lugar. Las personas que habitan allí toman mates en las puertas de sus casas, orgullosos de su lugar de pertenencia, con los niños correteando por todos lados, jugando. Allí, como en otros lugares periféricos, los niños todavía conservan la inocencia de jugar con todo el entorno que los rodea, ajenos a la realidad en la que les toca crecer. Por lo general, los hombres trabajan y las mujeres son las que llevan las riendas del hogar. En muchas casas , la gente cultiva y cría animales para consumir o vender, que se suman a las changas que salen para trabajar. Todo vale para tener el plato de comida en la mesa del hogar. Allí, en los bordes, sobrevive una forma de vivir que se ha perdido. Son conscientes de la exclusión a la cual son arrojados por la sociedad, y sobran las miradas desconfiadas, pero también sobran las invitaciones a un mate caliente, a una charla sobre la familia, la vida, y sobre lo que significa para ellos vivir donde viven.

jueves, 2 de agosto de 2018

LUCHAR

``No tengo más ganas de luchar’’ Esas palabras se clavan como un puñal en el corazón. Fueron pronunciadas por una persona cuya vida está plagada de adversidades. De todo tipo. Económicas, físicas, emocionales. Adversidades del alma. Estar en contacto con las comunidades barriales marginadas por el sistema y la sociedad hace que esa frase no sea infrecuente. Incluso, que sea entendible. ¿Qué sentido tiene luchar una vida que da pocas alegrías y muchos golpes fuertes? Pero ahí es donde está la dignidad de los nadies del sistema. Siempre encuentran una razón para seguir adelante. Siempre hay un caballo que tira del carro, siempre hay un carro, una moto, una bicicleta o piernas para andar, para seguir viviendo y sobreviviendo a pesar de todos los golpes que reciben. Los nadies dejan de ser nadies. Son humanos, personas de miradas duras y corazón caliente que le hacen frente a su realidad y quieren cambiarla. Lo hacen como pueden. Algunos trabajan, otros se involucran en los asuntos del barrio, otros lo hacen desde la educación básica. Si, hasta eso les han negado, y sin embargo ellos deciden educarse, deciden seguir trabajando, deciden estar presentes en la comunidad. De eso se trata. De mirarse, humanizarse, de saberse una persona con derechos y deberes, de seguir siempre mirando el horizonte, sabiendo que allí espera la dignidad, lista para acompañar a quien decida ir por ella.

martes, 31 de julio de 2018

NACER

El limonero del patio de mi casa da limones todo el año. Dicen que se llama ``limonero de las 4 estaciones’’ pero mi ignorancia en la materia es gigante, por lo que decido confiar en los eruditos, por ejemplo mi abuela. Nunca me senté a mirar la fruta que da ese árbol. Hasta hoy. Me di cuenta que soy un privilegiado porque tengo un milagro en el patio. Ese árbol soporta el calor agobiante del verano y los crudos fríos del invierno. Se mantiene ahí, firme, sin helarse ni secarse, sacando limones para que yo los corte y los use. Mi abuela me dijo que la planta madre se secó, pero tuvo un hijo que produce limones. Un milagro dentro de otro milagro. Ahora estoy sentado en la mesa de mi casa escribiendo esto y pienso en el limonero. Lo pienso como la gente a la que visito. Ellos están ahí, en su realidad, enfrentando los calores agobiantes , soportando los helados fríos del invierno, luchando contra esas circunstancias a las que fueron arrojados. Luchando contra la falta de trabajo, la falta de educación y sobre todo, contra la estigmatización social que sufren por parte de quienes se consideran superiores por el solo hecho de nacer en otro contexto. Como si fuera culpa de ellos nacer donde nacieron. Como si fuera culpa de ellos el haber nacido …

sábado, 28 de julio de 2018

PISAR

Camino por el barrio. Pocas calles están asfaltadas. La tierra es el paisaje recurrente del lugar. En los días de calor se acumula el guadal. El barro viene con la lluvia o la rotura de un caño de agua, pero siempre se hace presente. Los perros callejeros salen a mi encuentro , algunos ladrando, otros oliendo. Me asustan los grandes, desde niño, pero les hago frente y sigo caminando. Un grupo de muchachos está en una esquina con sus motos, charlando de la vida. Conocen a todos los vecinos y todos conocen a ellos. Los pienso y me pienso. Su realidad y mi realidad, tan lejos y tan cerca. En las miradas se ve la dureza de su infancia, que no conozco pero puedo imaginar. No los juzgo, jamás lo haría porque yo en ese contexto sería como ellos, pero me tocó nacer en otro lugar. Los veo tranquilos , relajados, filosofando sobre la vida, el amor, el dinero, el barrio. Eso también es filosofía, aunque algunos le digan ‘’filosofía barata’’. No hay filosofía barata ni cara, hay filosofía. Sigo caminando y más allá veo un almacén. Entro. Me atiende una señora y le cuento lo que estoy haciendo allí. Ella me ve con calor y me regala una gaseosa. Me niego. Se que ella depende de esa gaseosa para llevar comida a su mesa, cosa que cuesta mucho hoy, pero ella insiste y me la regala. Terminó por aceptar el regalo y salgo pensando en una verdad irrefutable: los que menos tienen son los más solidarios. Son parte de una comunidad donde todos se conocen y se ayudan con lo básico, y uno, en el rato qué pasa en el lugar, también se vuelve parte. Creo que el momento clave es el primer mate que un vecino comparte conmigo: ya no hay vuelta atrás. Entrar en una comunidad barrial establecida hace años nos es algo fácil porque es chocar con una realidad que uno no está acostumbrado a ver, ni palpar, ni pensar. Por eso la importancia del primer mate que cualquier vecino se digna a compartir. Es un símbolo de bienvenida a ese lugar que es propio. Ese es su mundo. Uno es quien debe adaptarse a esa tierra que ensucia los pies, a esos chicos en la esquina, a esos hombre de miradas duras y sinceras que se montan arriba de los carro tirados por caballos para ganarse el pan de cada día, porque ellos no viven, sobreviven. Los más pequeños juegan en la calle, ajenos a la dureza con que la realidad los golpea. Ellos también sobreviven, y cuando crezcan, continuarán el oficio de sus padres y madres. El solo pensar en esa cronología de vida hierve la sangre. ¿Por qué tanta marginación? ¿ Cuál es su pecado? Este barrio se encuentra a solo 20 cuadras del centro de la ciudad. Está allí. Es parte de la ciudad donde crecí. ¿Por qué son ignorados por la sociedad?

viernes, 5 de enero de 2018

LA PALABRA DEL DIOS

Y entonces, un Dios dijo: ‘’El camino a seguir es el progreso. Si progresan se ganarán mi cielo’’ Y entonces los hombres preguntaron: ‘’¿Qué progreso mi bello Dios?’’ Y el Dios dijo: ‘’ Progresen’’. Esas fueron las instrucciones del Dios, y los hombres quedaron desconcertados.

lunes, 20 de noviembre de 2017

EL TROVADOR

Soy un trovador, ando cantando canciones por la vida. Canto canciones que nadie escucha. Soy un trovador que va de castillo en castillo. Canto una canción que nadie oye. Me muevo constantemente buscando al corazón de León. El trovador toca su instrumento y su canción. Soy un trovador que toca su instrumento. Una lapicera que escribe letras desprolijas. Palabras sin sentido construidas.

lunes, 30 de octubre de 2017

EL ARTE DEL CUCHILLO

Una sola vez vi a un hombre forjar un cuchillo. Tenía unos ocho o nueve años y fue durante un verano. Toda mi infancia fui de vacaciones al pueblo donde viven mis abuelos. Criado en una ciudad, esperaba con ansias cada verano para ir hacia ese lugar y hacer vida de pueblo. Levantarse temprano con el canto de las chicharras que anunciaban un calor sofocante típico de lugar húmedo, desayunar chocolatada fría, ir al mercado a comprar las verduras y la carne para el mediodía, y a la vuelta pasar por la panadería a comprar el pan. Las tarde eran de fútbol, salvo que lloviera y el barro, combinado con el reto maternal de la abuela, no permitieran juntarse a jugar. Una de estas tardes, las lluviosas, acompañé a mi abuelo a tomar mates a un taller de herrería que quedaba a la vuelta de su casa. A esa edad me encantaba ir a las charlas de los mayores y sobre todo en el pueblo. Esos hombres no guardan las formas ante un niño. Hombres duros, de asado, vino y mucho trabajo, no contemplan la inocencia de la infancia sino todo lo contrario. El niño debe aprender de ellos. El taller, recuerdo, estaba muy sucio. Me llamó la atención la tierra en el piso. Retazos de hierros se dispersaban por todo el lugar. Mesas, estantes y suelo y yo, un niño, me puse a jugar. Estaba intentando armar un fuerte, un castillo para los muñecos que había llevado cuando comencé a escuchar martillazos. Me acerqué a la ronda de hombres y pregunté que eran esos golpes. ‘’Están haciendo un cuchillo’’ me dijo alguien con voz grave. Quise ir a ver. La curiosidad me invadía pero antes de permitirme ir me obligaron a integrarme a la ronda y tomar un mate amargo típico de taller. No pude contener mi cara de asco pero lo tomé y lo entregué al correspondiente cebador. ‘’Ahora sí, andá’’. Cuando me dirigía , me advirtieron: ‘’ No lo molestes, miralo nada más’’. Caminé hacia el patio del lugar y me asomé por la puerta. Había una forja con fuego y un trozo de hierro semienrojecido, un yunque de acero macizo y un tambor cortado lleno de líquido. Creí que era agua pero después supe que era aceite. Al lado de la forja, un hombre miraba el hierro ya naranja producto del calor. Tenía alrededor de 50 años. Era grande, muy grande, de pecho fornido y espalda ancha. Me fascinaba el tamaño de su brazo derecho, mucho más grande que el izquierdo. Las gotas de sudor corrían por su frente arrugada, y el torso brillaba por la transpiración producto del calor de la tarde. El hombre ni se inmutó ante mi presencia. En un momento, el hombre tomó el hierro de la forja, lo colocó en el yunque, lo miró y comenzó a martillar. Ahí entendí por qué el brazo derecho era más grande. Lo hacía con pasión y paciencia. Le fue dando forma hasta que tuvo una hoja de cuchillo y su espiga. En ese momento lo volvió a calentar en la forja un momento, largo para mirarme y sonreir pero corto como para mantenerse en silencio y concentrado. Tomó la hoja al rojo vivo y la introdujo en el tambor de aceite. La llamarada que expulsó me asustó. Él lo notó y me dijo ‘’ ¡ no te asustes chango!’’ con voz ronca, grave, rasposa, denotando mucho recorrido de caminos rurales, desamores y tragedias. Cuando se enfrío, me llamó y me preguntó si la hoja estaba derecha. Le dije que si y me dijo ‘’ tenés buen ojo. Si volvés te voy a hacer un cuchillo así tenés el tuyo’’. En ese momento, mi abuelo me llamó para irnos. Me despedí y nos fuimos a la casa. Me quedé pensando en ese hombre del cuchillo y su promesa hasta que me dormí. Nunca más tuve la oportunidad de ir a ese taller ni de ver a ese hombre. No tuve mi cuchillo ni tampoco conozco el destino del que vi forjar. Andará por ahí, haciendo su trabajo.